La ciudad es un lugar de cambio e intercambio. Y los cambios duelen, cuestan y nos obligan a aprender. Los cambios a los que estamos más acostumbrados hoy en día son los cambios tecnológicos: cambiar el celular, la computadora y el coche por otro similar pero nuevo es un ritual que ya damos por hecho. Lo exigimos incluso. Lo más complejo y difícil son los cambios de paradigma, como cuando compramos nuestro primer celular, cuando dejamos la computadora de escritorio por una laptop (ahora por una tableta) o cuando nos forzamos a dejar el coche un día en casa para ir al trabajo en bicicleta.

Lo que no cuadra aquí es el último ejemplo. ¿Por qué dejaría mi coche, que es un invento más avanzado y reciente, por la bicicleta, más antigua y tecnológicamente más básica? (La bicicleta data de 1817, con su primer ejemplar producido en masa en 1870, y el coche de 1860 y 1908 respectivamente). ¿Por qué cambiaría un privilegio personal por un beneficio común sin una clara retribución? ¿Por qué haría semejante trueque?

Cuando una idea nueva se impone a otra dejándola obsoleta ocurren dos fenómenos:

  1. La llamada “destrucción creativa”, donde los recursos de las ideas viejas son extraídos por las ideas nuevas: la industria del plástico sustituyó a la del henequén, el internet prácticamente ha extinguido los diarios impresos, la compra-venta de caballos disminuyó con la invención de la bicicleta y ésta a su vez fue severamente disminuida con el rediseño de las ciudades para atender a los coches.
  2. Surge una resistencia que eventualmente se desvanece: hubo resistencia a las vías del tren y al automóvil; hubieron opositores a las vacunas; por supuesto hoy existen enemigos jurados de internet. Cada invención de la humanidad ha tenido antagonistas y, aunque siguen habiendo personas que ven moros con tranchete en la medicina y en la tecnología, éstas disminuyen y se alienan de la sociedad con cada generación.

La aparente “moda” del ciclismo urbano no responde a este patrón: los coches no substituyeron a las bicicletas; lo que hicieron fue modificar las ciudades y el espacio público al punto en que usar una bicicleta se convirtió en un esfuerzo imposible. Muy al contrario, a pesar de ser el coche un invento más reciente, éste toma el rol de la parte obsoleta, y la bici, el de la tecnología que irrumpe. El vehículo, no por tener un motor nos ha otorgado mejor calidad de vida, ni su beneficio supera a la bici en los mismos múltiplos que su costo. De hecho, el automóvil como hoy lo conocemos podría ser el ejemplo de obsolescencia programada por excelencia, mientras la bicicleta es un ejemplo de un diseño atemporal y casi imposible de mejorar (valga el ejemplo, como una ratonera). Los automóviles de 1900 son objetos muy distantes de los actuales mientras las bicicletas de finales del siglo XIX son prácticamente idénticas a las actuales.

Ambos producidos en 1911, sólo uno se ve obsoleto

Ambos producidos en 1911, sólo uno se ve obsoleto

La resistencia existe. El coche, como todo buen vicio, genera una especie de “Síndrome de Estocolmo” en sus usuarios más aguerridos. El mismo debate que genera es visto como un lado malo de las bicis, mientras otros vemos el debate ciudadano como un beneficio más. La ciudad que resulte de los debates sanos entre sus habitantes siempre será la mejor posible, bicis o no bicis, coches o no coches.

Los automóviles, aunque se comercialicen con la imagen de todopoderosos, no pueden subir escalones o tomar un atajo por un sendero arbolado; las bicicletas podrán subir un escalón, pero no una escalera como lo hace un peatón; y finalmente el peatón promedio puede andar por donde sea, solo que no tan rápido como un coche. Al final del día, cada modo de transportarnos tiene su momento y su lugar, y tendremos ciudades más inclusivas conforme entendamos que no es una batalla. Sin duda los vehículos motorizados son un símbolo claro de inteligencia, pero la sabiduría consiste en saber cómo y cuándo prescindir de éstos para mantener nuestra calidad de vida.

Comentarios

comentarios

Share This