El transporte público en Guadalajara es un asunto tan desastroso y turbio que no se le ve una solución a corto plazo, ni a mediano. Y en nuestro tiempo el largo plazo es tan largo, que puede no llegar nunca.

IMG_0660.JPG El servicio que dan es demasiado malo, infinitamente malo. El negocio de los dueños de las concesiones, supongo que no todos, se fundamenta en el ahorro que logran al no dar mantenimiento a sus unidades, pagar muy mal a sus choferes, pelear las rutas más concurridas e insistir sin pausa el incremento de la tarifa, entre otras mañas. Por su parte los choferes, aunque no todos, logran compensar su sueldo raquítico robando partes de los camiones, robando el pasaje de su compañero de atrás, atrasándose para que los usuarios se le junten, provocando carreras entre ellos, y a su paso chocan, atropellan, dañan infraestructura vial y muchas, muchas otras mañas. Añadido a todo está el mal trato que dan a todos los usuarios (prácticamente, subir a una unidad de transporte público significa ser violentado de alguna manera).

Añada, lector, todas las malas prácticas que no incluí en este texto, aunque con estas aquí mencionadas nos podemos dar cuenta de por qué toda la gente en Guadalajara tiene o quisiera tener un auto. Ya somos casi la mitad de la población los que nos movemos en automóvil, y el porcentaje sigue creciendo. Es decir, casi 2 millones de personas no utilizan los servicios de transporte público. Casi 2 millones de personas son clientes potenciales del transporte público. Este dato deja claro que los encargados del transporte y los dueños de las concesiones no saben de negocios; no se les ha prendido el foco, simplemente. Recuerde lo mucho que han insistido en subir 1 peso la tarifa, con lo cual creen que mejorará su negocio, pero, ¡2 millones de clientes potenciales y no verlo!

Todos los habitantes del mundo necesitamos movernos, todos tenemos que ir de un lugar a otro en algún momento; especialmente en las ciudades, donde la movilidad es componente principal de su sustento. En este sentido, todo posible usuario de transporte es un posible cliente cautivo. Perdone mi insistencia, querido lector, pero ahí afuera nos movemos en auto 2 millones de posibles clientes cautivos del negocio del transporte público. ¿Bajo qué circunstancias se podría convencer a tanta gente de convertirse en usuario?

Unidades limpias, quizás, seguras, choferes amables, cuidadosos, capacitados. Rutas que den servicio a todos los rincones de la ciudad, que manejen tarifas que combinen con la necesidad de transbordo de la gente, que no tenga uno que pagar 3 pasajes de ida y 3 de regreso, que sean puntuales, que garanticen al usuario el tiempo en que lleguen a la parada del camión, que hubiera paradas de camión dignas, al menos señaladas, unidades más amplias y con un sistema de logística que de mejor servicio en horas pico, incentivos o descuentos al pre pagar tarifas, unidades que aseguren el acceso a personas con discapacidad (no el 10%, sino el 100% de las unidades), que tengan en el frente soportes para bicicleta, que trabajen en coordinación con otras modalidades de transporte, en fin, que sea muy atractivo para un ciudadano dejar su auto en casa y tomar un camión para ir al trabajo, a la escuela, o a donde tenga que ir.

Los que viven del servicio de transporte público están dormidos en sus laureles, lo que según la Real Academia de la Lengua significa “Descuidarse o abandonarse en la actividad emprendida, confiando en los éxitos que ha logrado.” Están dejando morir su negocio, están dejando a la ciudad a la deriva de la movilidad motorizada privada. Si la cosa sigue así, llegaremos pronto a la parálisis. Por su parte, las autoridades encargadas: ciegas, sordas y mudas.

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