En Guadalajara se han visto cambios en la movilidad en los últimos cuatro años, para bien y para mal… dependiendo quién lo vea.

Las nuevas ciclovías, el programa MiBIci, la certificación de las rutas de transporte público, los interminables arreglos en Periférico y López Mateos, las Zonas 30… es innegable que la actual administración estatal y los gobiernos municipales están apostando por un cambio en la movilidad en vías de generar alternativas al excesivo tráfico que vivimos todos los días.

Los automóviles sólo representan 30% de los viajes que se realizan diariamente en el área metropolitana, es decir, no es el medio de transporte de la mayoría de gente, ni siquiera la mitad. Sin embargo, las obras e infraestructura vial que se ha hecho en los últimos 30 años ha sido dirigida a esta modalidad, construyendo así la ciudad que tenemos: vías principales saturadas, sin rutas alternas, sin opciones para moverse, desarrollos habitacionales sin servicio de transporte público…

Además de tener una demanda absurda de lugares de estacionamiento, donde los centros comerciales destinan más m2 de construcción para estacionamientos que los que se necesitan, creando así planchas de concreto en una superficie que, visto con ojos románticos, se pudieran hace muchas otras cosas más benéficas para todos. Y todavía hay personas que quieren que sea “gratis” sin entender el verdadero precio que todos estaríamos pagando.

Obstrucción de zonas peatonales. Foto: EMH, 2016

Obstrucción de zonas peatonales. Foto: EMH, 2016

Pero ahora se están haciendo obras que están rompiendo esquemas, como la señalética ciclista, manifestando tangiblemente que se están escuchando a grupos sociales que antes eran ignorados. Ciclistas hay en Guadalajara desde hace muchos años, y han rodado las calles tapatías desde siempre, no es algo nuevo. La diferencia es que ahora los respalda una infraestructura vial.

La certificación de las rutas del transporte público tuvo un origen lamentable, la muerte de María Fernanda Vázquez, “Botitas”, en el accidente afuera de la Preparatoria 10 donde una unidad chocó contra el parabús afuera de la escuela. Esto detonó la exigencia de los usuarios por un mejor servicio de transporte. Se compraron nuevas unidades y se equiparon con cámaras de seguridad, reguladores de seguridad y localizadores GPS. A los conductores se les ha capacitado y ahora les pagan un sueldo fijo en vez de por destajo. Al igual que las bicicletas, usuarios de transporte público siempre han habido.

Sin embargo, ni los ciclistas ni los usuarios del transporte público son los que generan el tráfico.

Las personas con automóvil propio son el elemento que más genera el tráfico, que para explicarlo vamos a usar matemáticas: el espacio que ocupa un coche es de aproximadamente 12m2, y en un promedio cada coche lleva dos personas. Una unidad de transporte público ocupa aproximadamente 25m2 con 25 lugares para pasajeros sentados y muchos más parados. En este sentido, entre más coches hay en las calles ocupan más espacio que el número de personas que transporta en ellos. En cuanto a bicicletas, en el espacio que ocupa un coche caben de 5 a 6 unidades y con la diferencia que el manejo de la bicicleta es más orgánico, más adaptable y obviamente no contamina como un automotor.

Lugares de bicicleta en un espacio de estacionamiento. Foto: EMH, 2016

Lugares de bicicleta en un espacio de estacionamiento. Foto: EMH, 2016

Ahora, la pregunta es, ¿la gente apoya estos proyectos?

La resistencia que han manifestado en contra de alternativas de movilidad, de la creación de espacios públicos, el pleito por un espacio de estacionamiento (visto como un espacio inerte para una caja de metal), de otorgar un espacio seguro para una modalidad sustentable y benéfica para todos, hacen pensar que tenemos la ciudad que nos merecemos. Que el tráfico, la falta de cultura vial, los accidentes y la contaminación son triunfos de una sociedad que no quiere reflexionar ni de los errores del pasado ni las oportunidades del futuro.

Y la mayoría de estas voces son emitidas desde cajas inertes de metal que sólo son representan un triste 30%, por lo que se puede preguntar, ¿cuál es el bien común?

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